En este día en que Poveda entregó su vida como testigo de la fe en 1936, y la Iglesia celebra su memoria, miembros de la Institución de Córdoba y amigos nos reunimos en la sede en Plaza de la Concha para rezar juntos y dar gracias por su vida y su Obra, uniéndonos así a esta gran fiesta teresiana en todos los lugares.

Para comenzar hicimos nuestras las palabras de Jesús: “Yo te alabo Padre, Señor de cielo y tierra porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien”, (Mt 11, 25-26). Luego, como haría cualquier familia en una conmemoración semejante, fuimos haciendo memoria, memoria agradecida, de algunos hitos fundamentales en la vida de Don Pedro: su sacerdocio, su labor en Guadix, el comienzo de la IT en Covadonga, su insistencia en la oración y el ser testigo de Cristo hasta morir.

Sacerdocio

“Soy sacerdote de Cristo”. Son las palabras –como comenta el cardenal Pironio– con las cuales se autodefine a sí mismo en el momento en que le buscan los milicianos. Este ser “sacerdote “es su identidad verdadera, la fuente riquísima de su vida y de su obra. De ella brota todo lo demás. El 15 de marzo de 1933 escribe en su diario: “Señor, que yo sea sacerdote siempre en pensamientos, palabras y obras”. Pocos días después, el 17 de abril anota: “Hace 36 años que recibí la ordenación de presbítero. ¿Cuánto más viviré? Sólo Dios lo sabe. A Él le pido la gracia de no dejar de celebrar con fervor ni un solo día la santa misa”. Poveda vivió cotidianamente en el gozo de su de su entrega sacerdotal, hecha de silencio contemplativo, de oración y servicio. Fue antes que nada y sobre todas las cosas sacerdote.

Su labor en las cuevas de Guadix

Evocamos su opción evangélica por los más pobres. En 1934, dos años antes de su muerte, lo recordaba de esta manera: “Confieso ingenuamente que al subir a las cuevas con un grupo de mis seminaristas, no pensé sino en una catequesis: que de nuestras visitas a la ermita de la Virgen de Gracia, surgió el plan de las escuelas y que la vocación a este género de apostolado tuvo su origen allí”. Y en otro lugar dice: “No puedo, sin faltar a la verdad, creer que en Guadix no hice muchísimo bien. Allí fui el instrumento de Dios para muchas cosas buenas: pero instrumento y nada más, en atención a ellos, (los cueveros) hizo Dios todo lo que hizo, valiéndose de mí como podía haberse valido de otro”.

Después Covadonga

Su estancia en este lugar, su mirada a la Santina… Y surge su figura como Fundador de la Institución Teresiana. Una Obra que nació para gloria de Dios, no para ser una empresa humana; una Obra buena, providencial, difícil, necesaria , en la que Jesucristo es el inspirador, el sostén, la vida, el modelo, el método, el procedimiento, la regla, las constituciones, todo en suma. Una Obra alentada por el Espíritu. “Todo lo que nosotros hacemos -dice Poveda- aparentemente lo hacen los demás y si esa labor que ejecutan no tiene importancia, no es trascendente, carece de virtud, es fría, árida, infructuosa, es porque no está inspirada y realizada en el Espíritu, le falta Espíritu. Quitamos de nuestra Obra el Espíritu y ¿qué queda?”.

“El valor del Espíritu no se mide por la magnificencia exterior ni por el aparato externo. Por eso nosotros, que aspiramos a vivir una vida espiritual intensa, hemos de ser extremadamente sencillos, humildes; hemos de pasar desapercibidos: hemos de confundirnos con el común de las gentes; no llevaremos distintivo alguno; no pretenderemos singularizarnos en nada; pero interiormente seremos singularísimos con la singularidad de la virtud; elevadísimos con la elevación de la santidad, singularísimos con la singularidad del Espíritu de Cristo”.

“Los hombres de Dios y las mujeres de Dios son inconfundibles. No se distinguen porque sean brillantes, ni porque deslumbren, ni por su fortaleza humana sino por los frutos santos”.

Poveda, maestro de oración

Esto, dice también el cardenal Pironio, es lo esencial en un sacerdote; los jóvenes tienen hoy hambre y sed de oración. Y hay que enseñarles.
Poveda fue maestro de oración en sus exhortaciones, en sus escritos, en sus gestos, en su silencio, en su contemplación serena y honda. No hacía falta que él hablara; bastaba que estuviera presente. Cuando a Jesús le pidieron los discípulos que les enseñara a orar, Jesús estaba orando (Lc 11,1). Por eso diría Poveda: “Orad como Él y con Él. El centro de su vida estaba en Cristo: “Para mí la vida es Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Fil 1, 2).

“Más que nada os ruego que os ejercitéis en la oración, que hagáis de este ejercicio el elemento imprescindible para vuestra vida, que pongáis tal empeño en su práctica, que no exista motivo, argumento ni razón suficiente para dejar un solo día vuestra oración; que a vuestras alumnas las llevéis a Dios por este camino dulce y suave; que en el estudio, en la enfermedad, en los trabajos, en las tentaciones, en todas vuestras empresas, en el desempeño de vuestros deberes, cuando para vosotras, para el prójimo y para la Obra necesitéis obtener alguna gracia, para perseverar en vuestra vocación, conocerla y seguirla, para conseguir todo bien, para libraros de todo mal, apeléis a la oración con tal seguridad y constancia que, en orando, quedéis tan satisfechas como si hubierais puesto en práctica todos los medios capaces de ser conocidos y ejecutados por los más sabios y más poderosos. Somos más fuertes, tenemos más vocaciones, se hace positivamente bien, allí donde se ora”.

Poveda como mártir

El deseo de vivir su fe hasta la donación de la propia vida si fuera necesario, manifestado en algunas ocasiones, había ido generando en él una auténtica espiritualidad martirial. “Humillaciones, abatimientos, martirio, todo ello viene consecuencia legítima –había escrito en 1920– de ser coherente con la fe”. La circunstancia concreta, la dura persecución religiosa en España a partir de 1931 y, más aún en 1936, sólo fue una ocasión que puso en evidencia lo que se había ido consolidando en su interior. En esos años difíciles, de tanto extremismo y dolor, insistió continuamente en la no violencia. Decía: “No hay que hacerse ilusiones, la mansedumbre, la afabilidad, la dulzura son virtudes que conquistan el mundo”. Y también: “Ahora es tiempo de redoblar la oración, de sufrir mejor, de derrochar caridad, de hablar menos, de vivir muy unidos a nuestro Señor, de ser muy prudentes, de consolar al prójimo, de alentar a los pusilánimes, de prodigar misericordia, de vivir pendientes de la providencia, de tener y dar paz”.

Para Poveda la cruz, con sabor a pascua y serenamente acogida, fue signo y transparencia. Signo de autenticidad en el discípulo y fecundidad en el apostolado. Trasparencia de Jesús crucificado. Así aconteció al Maestro. “Quiero -dice el 31 de enero de 1926- que la devoción al crucifijo sea la devoción fundamental de la Institución… Yo quiero y pido constantemente al cielo que seáis todas crucifijos vivientes”. Poveda pidió y alcanzó la gracia del martirio en la madrugada de un 28 de julio, hace 81 años, con una generosa ofrenda de sí mismo para la gloria de Dios. “Da sangre y recibirás espíritu”, había repetido en múltiples ocasiones.

Hoy nos toca a nosotros recoger esta herencia y, con audacia y lucidez, continuar esta Obra. Nos toca ser sal y luz en medio de las gentes como los primeros cristianos, encarnando en fidelidad creativa su carisma. Este es nuestro reto para que la vida entregada de San Pedro Poveda siga haciendo germinar a la Iglesia.

Pedimos esta gracia por intersección de María, Reina de los mártires.

Ana Córdoba.
Fotos: Presen Gallegos.
Córdoba, 24 de agosto.