La Asociación ACIT Madrid-La Mancha ha celebrado unas jornadas de oración en tiempo de Cuaresma dividida en dos tandas. La convocatoria ofrecía una opción de fin de semana completo en Santa María de Los Negrales (3-5 de marzo) “internos”; y otra “externa”, acudiendo durante tres tardes a la Sede de Madrid-La Mancha (6-8-marzo). Nos ha acompañado en ambas Inés Neira, de la Asociación Primaria.

En esta convocatoria que hacemos cada año se trata de privilegiar el encuentro con el Señor para prepararnos a la Pascua y de compartir la fe, saboreada en la oración. Un participante en la experiencia en Los Negrales, nos ofrece su testimonio.

Narrar lo inenarrable

«Tengo la seguridad de que muchas personas no creyentes detectarían que “Los Negrales” tiene un toque mágico. Un lugar ideal para compartir experiencias, vivencias y sentimientos. Los creyentes (y especialmente los ligados a la IT) sabemos que es un lugar bendecido por Dios.

En ese entorno tan favorable nos reunimos un grupo de personas en un fin de semana de oración.

Piensa, por un momento, cómo reaccionarias ante preguntas del tipo:

  • ¿Por qué soy cristiano y cuál es el motivo de seguir siéndolo?
  • ¿Qué elementos provocan en mí tempestades?
  • ¿Qué busco yo en este momento de mi vida? ¿Qué desea Dios para mí en este momento? ¿Dónde y cómo se cruzan estos interrogantes?
  • Ante tanta gente necesitada de caminos de esperanza, de energía y de vida ¿cómo puedo ser para ellos un referente?

Cualquiera pensaría que ante interrogantes de ese tipo su reacción sería removerse en la silla, incomodarse y hasta salir corriendo. ¿Cómo narrar que allí nadie se fue? ¿Cómo narrar lo ocurrido?

Aun transcribiendo las mismas palabras dichas por algún orante ¿cómo narrar la emoción con la que habían sido transmitidas? ¿Cómo trasladar a palabras lo que son mucho más que palabras?

Yo no soy capaz der hacerlo. Y, pese a ello, una fuerza interior me impulsa a hacerme eco de lo allí vivido.

Inés Neira pilotó, con gran maestría, una reflexión conjunta para compartir la fe. Nos ayudó a entrar en el interior de nuestro ser, hasta descubrir que Dios está allí. Nos impulsó a salir fuera para compartir ese don y dárselo a los demás. Con la alegría que emana del reconocimiento de que ser creyentes nos hace sentirnos unos privilegiados. En minúscula, con humildad, sin algarabías. Pero privilegiados.

No estábamos aislados del mundo real, ni mucho menos en el limbo. Las cositas de la vida cotidiana estuvieron en el eje central de la jornada. Fieles al mandato de estar en el mundo sin ser del mundo. Convencidos de que nuestra vida debe ser así.

El resultado fueron sentimientos de gratitud, sanación, alegría, empatía, paz… Son sentimientos que surgen cuando uno está entonado. Lo estábamos ¡y de qué manera!

Pero ¿cómo narrarlo? ¿cómo dar cuenta de una oración espontánea, profunda y sincera de una asistente? ¿Cómo explicar que fuimos testigos de encuentros con el Señor que brotaban del corazón y llegaban a los corazones? ¿cómo narrar el efecto multiplicador que tiene el impacto de una fe compartida?

Cuando estoy a punto de tirar la toalla me llega una inspiración povedana: “¡Cuántas veces tenemos presente al Señor y no lo reconocemos!”.

Sí. El Señor estaba allí. Encarnado en cada una de las personas que compartieron su fe conmigo y yo con ellas. Viviendo, conjuntamente, una ITV espiritual y recargando las pilas. Sabedores de que volveremos a flojear y hasta a caer. De que lo que tenga que pasar pasará. Pero con Dios en nuestra vida.»

Alejandro Córdoba.
Madrid, 12 de marzo.