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La fuerza está en la unión

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Hoy fácilmente se nos invita a creer que todo lo podemos con la ilusión de fortalecer la autoestima. Pero la experiencia nos dice que el esfuerzo y buena voluntad de uno solo, por muy grande que sea, no sirve de nada, no cambia nada, no transforma nada, no consigue nada. El mínimo crecimiento en cualquier área es resultado de una suma de sinergias, conscientes e inconscientes, que actúan a favor del cambio. Por eso Poveda cuando habla de unión se refiere a la suma de energías diversas en un mismo sentido, en una misma dirección, para un fin determinado. Una unión que tiene que ver con diversidad y no uniformidad; con inclusión y no exclusión de lo diferente; con procesos de consenso y no de mayorías.

Paz, sí, pero ¿qué paz?

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“No penséis que vine a traer paz sobre la tierra; no vine a traer paz, sino espada” (Mt. 10, 34); “Pensáis que he venido a poner paz en la tierra? Os digo que no, sino división” (Lc 12, 51) Y Poveda[1] insiste en que estas palabras de Jesús no se contradicen con las que podemos encontrar también en el anuncio de los ángeles a los pastores: “Paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14); ni con el saludo tan repetido de Jesús resucitado: “La paz sea con vosotros” (Jn 20, 19); ni con su promesa: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14,27). ¿Cómo podemos entender esta aparente contradicción?

“Hay muchas maneras de creer”

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¿Se puede creer y no comunicar la experiencia de Dios? Poveda[1] hace 100 años expresa que “hay muchas maneras de creer; pero una sola es la que justifica”, una sola es verdadera. “Un testimonio sin experiencia alguna de Dios es una farsa”, dice Pagola[2]. Pero la experiencia de Dios, si no se comunica, es falsa: “creer bien y enmudecer no es posible”, insiste Poveda, “mi creencia, mi fe no es vacilante, es firme, inquebrantable, y por eso hablo”.

Un alimento que nutre y nos hace fuertes

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“Por eso tenían vida tan exuberante aquellos primeros cristianos, porque perseveraban en tomar el alimento que nutre y fortifica”, dice Poveda[1] en el año 1920.

González Faus[2] nos recuerda que los primeros cristianos se reunían para actualizar la cena del Señor, una cena que Jesús celebró al entrar en Jerusalén, cuando el horizonte estaba negro, muy negro. El hecho de celebrar una cena ya es un gesto de esperanza, porque una cena es una fiesta.

No es suficiente parecer bueno…

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Sí, tampoco ahora es suficiente “figurar entre los buenos”, hay que “hacer bien a todos, hacer bien lo que hacemos” porque los hechos “dan testimonio de lo que somos”. Cuando nuestro hacer sea intachable, cuando el rechazo y las críticas que suscite, contraste “con ese hacerlo bien todo”, “¿cómo no han de enmudecer?” “Cuando se den cuenta de que hacéis el bien”, de que vuestras palabras son coherentes con vuestro estilo de vida, vuestra forma de actuar, no tendrán más remedio que callar o caer en el ridículo. Actuad con libertad, “no temiendo a la censura, ni al qué dirán”, sin esconderse ni ocultarse, “sin provocaciones ni imprudencias”, sin presunción ni adulación; pero “con valentía e intrepidez”. No seamos “tan temerosos” que “nos asuste y acobarde la audacia” de los contrarios; “no confundamos la imprudencia y provocación con el uso y ejercicio de nuestros derechos”.

Con parecidas palabras comenta Poveda el texto de 1P 2,15-16 donde el apóstol san Pedro se dirigió a aquellos cristianos para expresarles la voluntad de Dios: “Dios quiere que silencies la ignorancia de las personas necias haciendo lo correcto. Vive como persona libre, pero no te escondas detrás de tu libertad cuando haces el mal. En cambio, usa tu libertad para servir a Dios”. Y sigue diciendo Poveda: “La aplicación a nuestro caso es bien sencilla”. Vosotras, mujeres comprometidas, educadores y profesionales cristianos “unid a la fe las obras”. “No conseguiréis que os alaben, ni que os hagan justicia, ni que confiesen la verdad; pero si les hacéis enmudecer no habréis conseguido poco.” Y es que “las cosas no se dicen, se hacen, porque al hacerlas se dicen solas” (Woody Allen).

San Pedro Poveda, Creí, por eso hablé, [154]. 14 de febrero 1920.