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Son muchas las veces que experiencias negativas distorsionan la imagen que tenemos de nosotros mismos y llegamos a creer que no servimos para nada ni para nada valemos. Son muchos los intereses que fomentan esta imagen porque nos paraliza y así no pondremos resistencias.

Otras veces, nos creamos una super-imagen inflada de nuestro yo, que no se sostiene de pie ante el primer embate y lucha por mantenerse a cualquier costo. Son otros intereses quienes alimentan esta sobrevaloración del yo para que permanezcamos ocupados y encerrados en nosotros mismos y nuestro confort sin mirar el mundo que nos rodea.

Pero mirar el yo real y apreciarlo en su justa medida, descubrir lo que realmente somos y valemos… parece que no es tan fácil. Santa Teresa nos da su respuesta a esta pregunta: ¿Quién soy, cuánto valgo? Y lo hace con una imagen que ella escoge desde su propia realidad: un castillo. Tú puedes cambiarla por una gran edificación moderna, símbolo de poder y grandeza: ¿una de esas grandes torres de nuestras capitales del siglo XXI?

Pues Teresa escribe que la persona es como un castillo-torre “todo de diamante o muy claro cristal”. El diamante es valioso y duro, fuerte. El cristal es muy transparente y sumamente frágil; deja ver el interior desde fuera, y permite ver el exterior desde dentro. Y ya comienza a unir contrarios. ¿Quién no se sabe tremendamente frágil, vulnerable y no se ha visto también fuerte en las tormentas de la vida? Lo malo es cuando nos creemos solo cristal, o solo diamante, ¿no?

Además, señala que ese castillo-torre tiene muchos aposentos-salas. Y ¡cuantos rincones tiene nuestro ser! Algunos más visitados que otros, más o menos conocidos o transitados… Otros donde no nos atrevemos a entrar… Unos más claros, otros más oscuros… Unos más ordenados, otros donde el desorden impera… Unas habitaciones, dice Teresa, “en lo alto, otras en bajo, otras a los lados, y en el centro y mitad de todas estas…” -y ahora sí que Teresa viene a sorprendernos- está la sala “más principal que es donde pasan las cosas secretas entre Dios y el alma”, entre Dios y tú.

¡Vaya!, según Teresa, se nos ha colado un ‘ocupa’ sin saberlo… Y ni nos habíamos enterado. Y es que está tan en el centro de nuestro yo, de nuestra torre-castillo que, ni hablamos con nuestro verdadero yo ni con aquel que nos habita y conoce mejor que nadie, porque está siempre en contacto con lo más genuino de nosotros mismos.

Volvamos a nuestra experiencia cotidiana: ¿quién no se ha sentido a disgusto alguna vez consigo mismo, a pesar de repetir boquita pa’ afuera que está feliz de ser quién es? ¿Y quién no ha oído alguna vez de otros labios: “a ti no hay quien te aguante”? Pues vuelve Teresa a sorprendernos… Ese que vive en lo profundo de nuestro ser, en contacto directo con nuestro yo más auténtico, “tiene sus deleites” en ese castillo-torre. ‘Deleite’ es felicidad, recreo, bienestar, descanso, alegría, regalo, satisfacción. Sí, es un gusto repetirlo: Yo, (Mar, Adrián, Emma, David…), soy su felicidad, su recreo, su bienestar, su satisfacción, su regalo, su descanso, su alegría… ¿Y esto cómo puede ser?

Pues Teresa asegura que solo quien se atreve a emprender el viaje interior hasta esa habitación de su torre-castillo, aun en medio de idas y venidas, entradas y salidas… que no es un camino sin tropiezos y vueltas atrás, caídas y vueltas a levantarse… tendrá siempre un buen amigo al lado que nunca le abandonará y le mostrará lo más hondo de su ser, su verdad, su diamante. Un amigo que le mostrará cuán amado es por quien le habita desde siempre. Un amigo con quien aprenderá a amar de esa manera incondicional y apasionada. En ese rincón interior es donde el gusanillo, en otra imagen de Teresa, se convierte en mariposa. Sí, entrar para salir; nunca para quedarse dentro. Entrar para salir transformado. Pero transformado siendo tu mismo con tu mejor tu, como nos dice Pedro Poveda.

Eso piensa Teresa. ¿Y tú qué dices? ¿Sabes quién eres? ¿Sabes lo que vales?

 

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