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En estos meses uno de los hashtags que están circulado por las redes es #noscuidamostodos. El cuidado se nos descubre como un valor central en la vida social que lleva a cultivar un modo de ser personal que está atento a los demás, que expresa su solicitud hacia los otros y las otras, y especialmente quienes son más vulnerables, que dice con las obras concretas: “tú me importas”, “no paso de ti”. El cuidado es el modo práctico de expresar el amor a través de nuestras palabras y nuestras acciones.

La sal -dice Poveda- tiene también la función de “preservar”, es decir, según el significado de este término: “proteger, poner a cubierto anticipadamente a una persona o cosa de algún daño o peligro”. No se trata de esperar a que las cosas fallen o que el daño sea irreparable, sino generar ámbitos que puedan ser referencia de humanidad según la praxis compasiva y liberadora de Dios.

¿Cómo generar esos ambientes que preservan y cuidan la vida? Poveda habla primero de que “las palabras y las conversaciones” sean un “antídoto contra la corrupción”. En tiempos difíciles Poveda oró y reflexionó sobre la mansedumbre, una virtud que tiene por objeto moderar la ira y, por tanto, se opone a la crueldad, a la dureza de corazón, a todo tipo de odio y de violencia. La mansedumbre es la fuerza de la suavidad, de la ternura. Abre una vía a la resolución de conflictos y a la implantación de la justicia, amando y respetando sin dañar a nadie, con la solicitud y delicadeza propia del amor. Lleva a ensayar caminos para resolver los conflictos (étnicos, sociales, políticos...) y a abrir sendas de justicia desde la no violencia.

La relevancia de esta virtud que capacita para el amor y no para el odio, para sanar y no herir, para restaurar y no destruir, para unir y no dividir, para fomentar la paz y no la violencia, es innegable en la actualidad. Las acciones que la acreditan son la “dulzura” y la “afabilidad” (“con dulzura se hace todo lo bueno”), y se muestra en un modo de ser caracterizado por la “condescendencia”, la “flexibilidad”, y la “tolerancia”.

Poveda subraya, además, que allá donde estemos nuestro talante, nuestro modo de hablar, estar y actuar debe ser “un manantial de vida verdadera inagotable, que es la vida de Cristo”. Se trata de transparentar a Cristo en su manera de amar a todos, generando inclusión, preocupándose por el bien de todos, poniendo en primer lugar a los más vulnerables, ofreciendo y no imponiendo, regalando y no poniendo precio.

El desafío de este presente es buscar el bien común, dejar atrás los individualismos y poner en alza las prioridades compartidas, la solidaridad inclusiva, el que nadie se quede atrás en educación, en salud, en empleo…, en vida digna.

Ahora es el tiempo de ofrecer reflexiones y gestos -con sencillez y con humildad, pero con audacia-, que ayuden a hacernos conscientes de que la comunión es el auténtico modo de ser humano, que estamos llamados a romper con una visión reduccionista del ser humano como consumidor y a optar por una vida sobria, que necesitamos romper con las formas de poder y de dominio que dañan, con el afán de enriquecimiento a costa de quien sea…

No se trata de lograrlo a base de “puños”, como si se tratase de méritos propios, sino de vivir muy unidos a Cristo: “toda la fecundidad está en Cristo”. Ese es el secreto y esa es la invitación.

Por Elisa Estévez

 

 “La sal preserva de la corrupción. Donde se deposita la sal no puede haber corrupción, y en donde se encuentre un miembro de la Obra teresiana tampoco puede existir. Vuestras palabras y conversaciones, vuestras obras y modales deben ser símbolo contra la corrupción. La corrupción es muerte, destrucción; y en vosotras debe existir un manantial de vida verdadera inagotable, que es la gracia de Cristo, su Espíritu que nunca debe extinguirse, porque si se extingue aparece la corrupción y la muerte.” (San Pedro Poveda, 1920)

 

 

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