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En estos meses el papa Francisco nos preguntaba: “¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia?”.

El Covid19 ha puesto de manifiesto con crudeza las fracturas sociales, económicas y políticas (patologías sociales). Ha mostrado sin maquillar las desigualdades en el acceso a la educación, los fallos de los sistemas sanitarios, los intereses de unos pocos que causan pobreza, los daños causados en la naturaleza, la manipulación de la verdad al servicio de los propios intereses, etc.

¿Cómo ser sal que cauteriza las heridas, que sana lo que está enfermo en estas situaciones? El virus del Covid19 no es el único que hace daño. Hay otros virus que, como éste, son parasitarios, se cuelan en nuestras células y se adueñan de toda su energía vaciándolas y dejando indiferencia, egoísmo individual y colectivo, corrupción, exclusión, violencia…

Poveda entiende que las heridas de la humanidad y de manera particular las que las estructuras injustas y el mal personal y social producen en los más vulnerables de nuestras sociedades se curan con el amor; pero no se trata de cualquier amor. Como la sal que para dar sabor se deshace, desaparece, el amor que sazona cuanto está herido es el que se expresa entregando la vida como Jesús. En otros momentos Poveda identifica esa manera de amar con estar en el mundo siendo “crucifijos vivientes”, es decir, amando gratuitamente y sin condiciones, no reservándose en el amor, sino dándose por entero, amando a todos/as sin excluir a nadie.

Esta forma de amar, que nace y se nutre de las entrañas compasivas de Dios, lleva a no olvidarse del bien ajeno, sino a favorecer la vida de todos y todas siempre. Significa “hacerse todo para todos” y cultivar un modo de ser en relación que Poveda describe como ser “blandos y duros”. ¿Qué quiere decir? Blandos, es decir, compasivos, cariñosos, tiernos, dulces, amables, transigentes con los demás, y “duros”, es decir, con capacidad de sacrificarse y renunciar a lo propio en beneficio de los demás. Esta es la parte más difícil de entender en nuestros contextos. Poveda tiene detrás las paradojas evangélicas: en la muerte hay vida, enriquecerse regalándose, ganar perdiendo, salvar la propia vida entregándola.

La invitación a morir a uno mismo para vivir, como el grano de trigo que cae en tierra y da mucho fruto (Jn 12,24), implica la negación del yo como absoluto, el vencimiento de uno mismo. No se trata de una forma de auto-alienación o negación del cuidado, estima y respeto que nos debemos a nosotros mismos/as, sino entrega de la vida por amor al tú hermano que camina a mi lado. Es un amor que se da libremente sin que esa entrega implique la negación del amor a sí mismo, porque, si lo hiciera, negaría el amor de Dios y el amor del prójimo. Toda una provocación que trastoca y subvierte nuestras dinámicas habituales.

Por Elisa Estévez

 

“Sal que cauteriza lo corrompido. La virtud amable es el mejor cauterio, el más suave, el que hace cicatrizar más pronto las heridas. La caridad, el amor de Dios, purifica cuanto toca. La sal, para cauterizar, lo hace derritiéndose, […] Pero hay que tener presente que, así como la sal no produce ese resultado sino destruyéndose, vosotras no podéis cauterizar las llagas y heridas de la humanidad sino por la abnegación, el sacrificio, el propio martirio. ¿No apeteceréis ser sal de la tierra para cauterizar tantas heridas…? (San Pedro Poveda, 1920)

 

 

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