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Dice Poveda[1] que “la oración es la única fuerza de que dispone la Obra teresiana”.

La oración, la relación con Dios, es la llamada que Él nos hace sin descanso porque desea encontrarse con nosotros. “He deseado ardientemente…” palabras y gestos de Jesús en los que se acerca, toca, escucha, mira, cita,… a las personas para que estén con Él. Encuentro que es invitación a seguirle, a conocerle más y mejor, a colaborar en su proyecto de vida y de salvación para todos y cada uno.

Estar cerca de Jesús, mantener la relación con Él por la oración, está al alcance de todas las personas. Teresa de Jesús anima a mirarle, a “estarse” con Él en el huerto; no hay situación humana por la que no haya pasado Jesús y en cada una podemos estar con Él.

Será un primer paso en nuestro encuentro con el Señor reconocer quién es Dios en Jesús y qué me ofrece su presencia y su vida; y también quién soy yo y en qué condiciones me acerco a su encuentro; qué deseos, carencias, anhelos, urgencias, llevo en mi corazón y en mi vida y estar, estarme, fundamentalmente.

La relación con Jesús que es la oración no es tarea fácil, ni sencilla, ni rápida. Exige de la persona tiempo para que no se diluya en el trasiego de la vida, exige atención y ejercicio –“y más que nada os ruego que os ejercitéis en la oración”, dice Poveda-, cuidado y constancia para estar en la onda de Dios y no en nuestra onda o en otras ondas.

Quizás la vida que llevamos y los reclamos a los que atendemos ayudan poco a estar en Jesús por lo que tendremos que remover obstáculos para allanar el camino del encuentro.

Un obstáculo para hacer el silencio que acompaña la relación con Dios es el ego, el yo convertido en centro que lo ocupa todo y que hace girar todo en torno a él. Otro es dejar que lo que entra por los sentidos ocupe más espacio del que le corresponde y lo ocupe de manera inmediata, urgente.

La oración no es ajena a la vida que vivimos, es en ésta donde se da el encuentro con Dios y donde hemos de afinar la atención para descubrir su presencia: los diálogos con los alumnos, un rato de estudio, las cenas con los hijos, la atención a las personas más vulnerables, el trabajo, una lectura, una petición, un silencio, la celebración de la Eucaristía,… un ser conscientes de que no estamos solos, de que Alguien nos habita y que la misión que llevamos entre manos no depende de nuestras fuerzas, ni cualidades, ni esfuerzos,… sino de la unión con el Señor que la hace fecunda.

La relación con Dios, la oración, no es algo individual, ni para nuestro propio provecho; es el lugar donde nos encontramos los cristianos y donde encontramos a aquellos que desde otras tradiciones invocan la presencia de Dios. Sabernos en comunión nos ayudará a buscar la paz y el bien común, a trabajar en favor de la transformación personal y social que favorezca la vida digna para todas las personas.

Ojalá cuidemos nuestra práctica personal y colectiva poniendo las condiciones y vayamos a la oración con humildad, como aprendices de la relación y el encuentro con Dios, siendo unos para otros testigos de esa presencia.

“Y que, en orando, quedéis tan satisfechos como si hubierais puesto en práctica todos los medios capaces de ser conocidos y ejecutados por los más sabios y poderosos.”

Por Inmaculada Balfagón

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[1] San Pedro Poveda: Creí, por esto hablé, [153], 1920.

 

 

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