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¿Dios escucha nuestra oración? ¿No estará dormido? Quizás no sea tan poderoso como pensamos. Quizás no sea tan bueno. Quizás no exista.

Torres Queiruga[1] afirma: “Cada vez que le pedimos, le suplicamos y osamos decirle que tenga compasión de los niños que mueren de hambre o de los inmigrantes que se ahogan en las pateras, nuestro inconsciente está recibiendo un mensaje terrible: si los niños siguen hambrientos y los inmigrantes ahogándose, es porque Dios ni escucha ni tiene piedad”. Y ahonda más: “Este modo de orar, dicho en privado cada día y repetido en público cada domingo por miles de personas, va minando la imagen de Dios, oscureciendo la ternura infinita de su rostro y generando el fantasma idolátrico de un dios indiferente, cuando no cruel y favoritista.”

Poveda[2], comentando el texto de Lc 11,11-13, expresa: “Un Padre que ama como nadie; […] que es bueno como nadie; porque solo Él es bueno, […] amante ¿qué hará con los que le piden? ¿Y qué dará Dios a los que oran?” Y concluye: “Dará espíritu bueno”. Es curioso, no importa que no sepamos pedir, que no sepamos rezar… Él, siempre que nuestra oración sea humilde y perseverante, nos “dará espíritu bueno”. Y sigue: “No dará […] lo que pueden conceder los hombres; esto es poco, esto es nada”, lo que él dará es el “Espíritu Santo, la gracia, sus dones”, superando todo lo que los hombres y la ciencia humana puedan regalar. Dará la vida que no muere, “una felicidad sin fin”. “Eso y mucho más que nosotros no somos capaces de decir, ni de pensar, eso lo da el Padre […] a quienes le piden”.

Y es que Poveda sabía que la oración del cristiano no es una oración pasiva a un Dios que hay que engatusar o comprar. No necesitamos convencer a Dios; somos nosotros los que debemos aprender a “escuchar su llamada, acoger su petición y dejarnos convencer por su preocupación insistente por nuestro bien y por el de nuestro prójimo”, nuestros hermanos, como dice Queiruga. Por ello repite Poveda, “nos dará espíritu bueno”, que es lo mismo que decir, nos dará el espíritu de Jesús de Nazaret que amó hasta entregar la vida; nos dará el deseo de aprender a amar así. Nos dará un corazón de carne que no olvide la suerte del hermano que sufre. Pero como este modo de amar es regalo del Padre, insiste en que se lo pidamos ininterrumpidamente: “Hay que pedirlo, hay que orar, hay que implorar” el amor lleno de ternura del Padre.

En el mismo texto, Poveda se asombra de los grandes esfuerzos y renuncias que somos capaces de soportar por conseguir riqueza, dinero, poder, prestigio, placer, éxito… y se pregunta, “¿cómo hallamos tantas dificultades en el ejercicio de la oración?” ¿No será que este ‘espíritu bueno’ no es de nuestro interés, no está en nuestras prioridades? ¿Preferimos creer en un Dios que se deja manejar por nuestra mediocridad? ¿Es por eso por lo que terminamos siendo ateos o indiferentes? ¿En qué Dios crees, a qué Dios te diriges cuando rezas el padrenuestro?

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[1] Andrés Torres Queiruga: El Papa, el padrenuestro y la oración de petición. En: Periodista Digital, 11-12-17.

[2] Pedro Poveda: Creí, por esto hablé. [151-III], 1920.