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Mensaje de la Directora de la Institución Teresiana para el Jueves Santo 2020

Al atardecer del Jueves Santo entraremos con la comunidad cristiana en el triduo pascual, unos días que llamamos “santos” porque en ellos vamos a celebrar y revivir el misterio central de la fe cristiana, unos días en los que vamos a acompañar de manera especial a Jesús en su pasión, en su entrega, en su muerte y en su resurrección.

Y lo vamos a celebrar de una manera bien diferente a lo que hubiéramos podido imaginar hace solo unos días. Desde hace unas semanas, estamos viviendo con la humanidad entera una experiencia que ha convertido nuestro cotidiano en algo muy diferente de lo vivido hasta ahora, un cotidiano que hemos tenido que inventar, crear, podríamos decir, recrear.

Estamos aprendiendo que el valor de la solidaridad se cultiva día a día y no se improvisa, que el vínculo más fuerte es el amor, la relación, el apoyo mutuo; que lo que nos está permitiendo atravesar estos tiempos difíciles es una nueva experiencia de familia, de amistad, de vecindad y que no se trata sólo de salir de esta situación de emergencia sanitaria, sino de prepararnos para construir un mundo diferente.

“Mirad, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo veis?“. (Is. 43,17) Estas palabras del profeta Isaías nos hablan hoy de manera especial. Porque experimentamos que algo nuevo está naciendo, sí, sólo que quizá necesitemos tiempo para verlo, para reconocerlo. Necesitamos aprender a mirar, para saber ver.

Jesús, de alguna manera, en los diferentes relatos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos ha ido invitando precisamente a eso, a un cambio de mirada. Una mirada capaz de discernir y resistir a la tentación, de entender y acoger la Transfiguración, de vencer fronteras y límites para dialogar con la Samaritana, de adelantarse al deseo del ciego y devolverle la vista, de reconocer el dolor de las hermanas de su amigo Lázaro y traerlo de nuevo a la vida.

Nos estamos preparando para celebrar la Pascua, vamos a entrar en una cercanía especial con Jesús, y por eso os invito a aprender de Él una manera nueva de mirar la realidad, las personas, el dolor y el sufrimiento, la vida y la muerte, y vamos a hacerlo como Él y con Él, desde una vida entregada libremente y por amor.

Con la misma libertad con la que Jesús actúa siempre, pero sobre todo en los últimos momentos de su vida. Podía haber huido de la realidad, podía haber evitado la prueba y no lo hizo; expresó a su Padre el deseo de que las cosas ocurrieran de otra manera, pero optó por situarse del lado de los justos, de los oprimidos, de los perseguidos, porque su verdadero deseo era hacer suya la voluntad del Padre, es decir permanecer en la justicia, en el amor, en la solidaridad con las víctimas de todos los tiempos.

Y en esa tarde de despedidas elige un signo, algo tan cotidiano como el pan y el vino, para expresar la fuerza de su entrega definitiva, de su amor compartido con toda la humanidad. “Haced esto en memoria mía”.

Y nos invita a actuar más con gestos que con palabras. Cuando se levanta de la mesa, toma una toalla y lava los pies de sus discípulos, invierte los roles con un gesto extraño, escandaloso y nos invita a hacer lo mismo, a lavarnos los pies unos a otros, a ser servidores, a entregar la vida, libremente y por amor. Nos muestra una nueva manera de mirar.

Este año, en muchos lugares de la tierra, las comunidades cristianas celebraremos el triduo pascual de otra manera, en celebraciones domésticas, gracias a los medios de comunicación que tengamos a nuestro alcance, y “haremos memoria” junto a nuestras familias, las personas con las que compartimos la vida cotidiana o quizá solos. Hagámoslo con ritos significativos que guarden el sentido simbólico y la belleza de su significación.

Y lo viviremos en profunda comunión con toda la humanidad, como nos invita el papa Francisco: “A la pandemia del virus queremos responder con la universalidad de la oración, de la compasión, de la ternura. Permanezcamos unidos, hagamos sentir nuestra cercanía a las personas más solas y probadas por estas circunstancias”.

La celebración del Jueves Santo nos invita este año como nunca a recorrer el camino común de las gentes, a romper el pan en familia y compartirlo, a mostrar más con gestos que con palabras que el amor, el caminar juntos, la comunión, tienen la última palabra, porque todos formamos parte de una humanidad rota pero amada de Dios.

En un mundo que estaba metido en un ajetreo frenético, la celebración de la Pascua nos trae este año la buena noticia de poder conectar con nuestras aspiraciones más profundas, de poder dar tiempo y forma a nuestra vida interior, a nuestra interioridad, de poder vivir con los más cercanos el sacramento de la fraternidad.

La singularidad del Espíritu de Cristo, decíamos en la carta del año, debe llevarnos a constituirnos en comunidades proféticas, carismáticas y sapienciales, “crísticas y cristocéntricas”, descentradas de ellas mismas y centradas en Cristo.

“Cristo dentro, cristíferos en el alma; porque si Él vive en nosotros, nuestros modales, nuestra fisonomía, nuestras palabras y obras, revelarán a Cristo. Vivir mucho con Él, para resultar pareciéndole; y si le parecemos tendremos idénticos gustos”. (Pedro Poveda, Creí por eso hablé, 1918 [95])

Que vivamos estos días de preparación inmediata a la Pascua como una gran oportunidad. Seguros de que, con Jesús, encontraremos una nueva manera de mirar la realidad, las personas, nuestro presente y el futuro que, en esperanza, queremos construir juntos. “Mirad, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo veis?”

Celebremos la vida, celebremos la Pascua, como la fiesta del amor.
¡Feliz fiesta del Jueves Santo! ¡Feliz camino hacia la Pascua!