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En este torrente inesperado que nos está llevando a lugares donde solo en la ficción habíamos podido imaginarlos, el cuidado ha logrado instalarse en el centro de la vida ciudadana. Ya lo era en las familias, en los espacios asistenciales y en los sanitarios. La novedad de estos últimos meses está en el hecho de que se incentiva desde la gestión política, proponiéndolo como el medio más eficaz para no enfermar y para curarnos. Su responsabilidad deja de estar asignada a personas determinadas porque ahora se reclama como una actitud y una práctica de reciprocidad que involucra a toda la población. Se insiste, como si fuera una novedad, que cada persona se protege protegiendo a las demás, se cuida cuidando su entorno cercano, que nadie se salvará solo.

Pero conocemos bien que este modo de ser y de estar en la vida no se improvisa. Tiene hondas raíces en una experiencia y un saber cultivado por las mujeres, secularmente transmitido de mujer a mujer y, en esta dolorosa circunstancia, puesto en valor desde el gobierno de las naciones por los resultados que se esperan de su aplicación. Gobiernos y pueblos han podido comprobar la presencia mayoritaria de mujeres en todos esos espacios donde se cuida.

A este nuevo, y antiguo, escenario se unen las noticias sobre las consecuencias del covid-19 en cada país, destacando el hecho de la menor incidencia de esta pandemia mundial en siete de los presididos por una mujer (de un total de diez, junto a 183 presididos por hombres). Se subraya que Alemania, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega, Nueva Zelanda y Taiwan, de acuerdo con los datos estadísticos, parece que han gestionado mejor esta crisis sanitaria. Los comentarios que se han difundido abundan en reconocer algunas características femeninas vinculadas a la socialización específica recibida, en la cual ha primado más la empatía que la autorreferencia, más la prudencia que la temeridad, más la humildad que la suficiencia, más el servicio que el poder. Actitudes y valores orientados a sostener la vida, al crecimiento de lo humano, a una justicia que es fruto del respeto y de la equidad.

¿Son mejores, por tanto, las mujeres? No, como postulado general, pero sí cuentan con un bagaje que casi siempre les conduce a actuar y a decidir de manera diferente, entre otras razones porque el valor de proteger la vida ha formado parte de sus certezas prioritarias y mantenidas en el tiempo.

Ética del cuidado, la que Carol Gilligan reivindicó en 1982, es la que pone en el centro de las relaciones el afecto y la atención. Ese modo de mirar y de proceder en el propio entorno -sea el hogar o toda una nación-, vivido y reclamado hoy de manera tan especial, está poniendo en cuestión la estructura de las sociedades que habitamos, donde hasta ahora se le había otorgado una consideración pública de importancia relativa.

En el inmediato futuro -que deseamos llegue pronto-, esta experiencia mayoritariamente femenina, pero creciendo entre hombres, debe incorporarse formal y realmente a los principios desde los que se elabora la teoría moral y la teoría política. Sólo así estas reflexiones críticas y referencias de comportamiento responderán con verdad a la justicia, a la equidad y a los derechos de los que dicen ser tan celosas las sociedades modernas.

Por Consuelo Flecha García

 

 

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