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Habla Hannah, de Caná. 

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La vi una sola vez en mi vida, en Caná, hace ya muchos años. Era una invitada especial a la boda del hijo de la casa. Se llamaba María, y era la madre de Jesús, muy amigo del novio. Allí estaba ella[1], entre todos. Escuchaba atenta, sonreía dulcemente, decía alguna palabra, miraba discreta. Miraba… y veía. Conmigo cruzó algunas miradas.

Repicar de campanas

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Vivimos en un mundo inquieto, agitado e inseguro ante lo desconocido, llegado por sorpresa; las noticias no dejan de bombardearnos, pero no son las estadísticas impactantes y asustadoras las que ayudan a comprender la realidad; otros aspectos, vitales y concretos, despiertan la solidaridad y abren perspectivas humanizadoras. Poder sentarnos, permanecer quietos y confinados, alertan sobre lo distraídos que estamos y lo fuertes que son las adiciones cotidianas del trabajo y las agendas.

Alimentar la esperanza en tiempos de Covid-19

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¿Esperanza? En un contexto de inseguridad creciente, con cifras de fallecidos y hospitalizados insoportable, la producción y el consumo en descenso y su impacto en el número de desempleados, la falta de ingresos en las familias, los centros y comedores escolares cerrados, que privan a niños y niñas de familias sin recursos, de una comida diaria, empresas en quiebra, pobreza creciente... ¿podemos hablar de esperanza?

Silencio en la 'madrugá'

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En la madrugá de este día de Viernes Santo no hacían su estación de penitencia los hermanos cofrades de las hermandades que han iluminado las noches de tantas ciudades y pueblos, acompañando el paso de Cristo sentenciado a muerte, de Cristo en su camino al Calvario o Cristo crucificado. No, en la madrugá de este 2020 solo había silencio en numerosos templos, en sus puertas cerradas y jalonadas por numerosos ramos de flores...solo silencio, silencio y dolor y un repiqueteo martilleante en nuestros oídos: cifras y cifras diarias de fallecidos sobre los que se construye un estrecho túnel a la esperanza.

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