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Inmaculada González vivió el confinamiento en la Residencia Atalaya en Madrid. Se contagió del COVID, se curó y escribió una revista como agradecimiento a todos los cuidados recibidos. Es un texto profundo y emotivo que hemos querido publicar en toda su extensión y con algunos de los momentos que ella misma fotografió.

…Y la primavera fue posible

El almendro de la Atalaya con su precoz floración anunciaba que, a pesar del crudo invierno, la primavera sería posible.
El almendro es uno de los árboles cuyas flores brotan mucho antes de que empiece la primavera.

La llegada de la primavera cubre la naturaleza de flores de múltiples colores, sin embargo, el árbol del almendro, cuando sus ramas están aún secas por la muerte que provoca la inclemencia de los fríos invernales, en pleno invierno, comienza a florecer. Sus ramas desnudas, se cubren de flores blancas que sorprenden en medio del desolador paisaje invernal. En medio de este triste panorama, el almendro se alza, ágil y sencillo, como signo de esperanza llena de vida. Su flor blanca significa el despertar del alba que anuncia una vida nueva, por eso, el nombre del almendro en hebreo, significa el que está despierto.

El mundo entero y nuestra pequeña Atalaya estamos saliendo de un devastador y doloroso invierno, en el que hemos tenido que acoger con estremecimiento la inesperada muerte de nuestros seres queridos de la Residencia. Ante el misterio de la enfermedad y la muerte, la incertidumbre y el dolor de este tiempo, hemos necesitado alzar los ojos buscando a Dios para escuchar de Él un mensaje de esperanza para poder creer en las palabras de vida que nos ofrecía en medio de tanta oscuridad. Las flores del almendro fueron un susurro de su voz que repetía suavemente, una y otra vez: “No temas, que yo estoy contigo”.

Al contemplar el panorama mundial, quizás podamos comprender que en este momento de nuestra historia nos está ocurriendo algo como aconteció al pueblo de Israel en tiempos de Jeremías. Israel había perdido su capacidad de escuchar a Dios y de compartir su amor y solidaridad con los desvalidos; hizo oídos sordos para acoger en su corazón las súplicas del Dios misericordioso y compasivo que clamaba por tantos excluidos de su pueblo. Clamor que podía iluminar el camino a transitar para hacer posible otro mundo más justo y mejor para todos. La inmisericordia del pueblo de Israel le llevó a adentrarse en la dureza de uno de los periodos invernales más desvastadores de su historia.

¿Y nosotros, qué niveles de inhumanidad estamos manifestando ante los desvalidos de nuestro tiempo? ¿No nos estará ocurriendo, en este principio del siglo XXI, algo parecido a lo que le ocurrió a Israel en tiempos del profeta Jeremías?

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Cuando Israel levantó los ojos y contempló Palestina, era invierno: los árboles no tenían flores y como Israel, la naturaleza parecía que había perdido también el deseo de vivir, su paisaje no podía ser más desolador. Sin embargo, al levantar la vista y mirar al horizonte, Israel descubrió un árbol en flor. Un árbol que en los plenos fríos del invierno era capaz de hacer germinar una bella flor blanca. Un árbol que, aunque le rodeaba la naturaleza muerta y descarnada, tenía fuerzas para alumbrar una flor, miles de flores blancas.

Con su flor abierta, contemplaba y escuchaba a los otros árboles, sus hermanos, y les anunciaba que aquel crudo invierno no duraría para siempre. Con su flor blanca y abierta pregonaba a todos que la primavera no tardaría en llegar y con sus ramas florecidas daba testimonio de que, al final, por muy riguroso que hubiera sido el invierno, la vida siempre puede más.

Israel en medio de su crudo invierno quedó maravillado por aquel árbol que velaba sobre él, y que con su flor abierta le sabía escuchar. Ese árbol era el almendro, árbol que vela o el árbol que sabe escuchar.

Nuestra Residencia de la Atalaya también se ha visto afectada por el rigor de las heladas y la experiencia de muerte de un crudo invierno. Ante nuestros ojos hemos visto desaparecer a compañeras, hermanas, amigos que queríamos mucho. La noticia de cada una de sus muertes nos estremecía el corazón.

La crudeza de este invierno se extendía más allá de la Residencia. El panorama que nos presentaban cada día los medios de comunicación no podía ser más triste y desolador con las cifras elevadísimas de fallecidos que morían en la más cruel soledad, ataúdes acumulados en morgues improvisadas, hospitales de campaña levantados en tiempos récord como emergencia ante una tsunami que desbordó nuestro sistema sanitario.
Pero, ¿había solo desolación y muerte? Ciertamente no, en medio de la angustia y de la consternación, silenciosamente, el árbol del cuidado y la salud, sin ruido y generosamente, abría ante nosotros las flores blancas de la esperanza y cercanía.

¡Gacias por el don de vuestra vida!

Ese árbol sois vosotros. Todos los que constituís el mundo sanitario: médicos, enfermeras, enfermeros y auxiliaries. Sacerdotes de la parroquia, disponibles ante cualquier necesidad espiritual que se pudiera presentar. Paloma, la farmacéutica, que con premura y precisión supo facilitar que la medicación de cada persona estuviera a punto en su momento. Personal de limpieza, cocina y comedor que con alegría servicial nos habéis cuidado en los momentos duros de la encerrona.

Nuestro jardinero, Ricardo, que no sólo ha cuidado y nos ha regalado el maravilloso espectáculo de nuestro jardín, sino que cada mañana, muy tempranito, fumigaba los pasillos de la Residencia para desinfectar y ausentar el amenazador coronavirus. El equipo de recepción, que cada mañana, por megafonía, nos daba los buenos días y nos comunicaba mensajes de esperanza y aliento con canciones, noticias y avisos de interés para todas las residentes.

El personal técnico, psicólogos, trabajadores sociales y ocupacionales que, generosamente, mediante las nuevas tecnologías, nos pusieron en comunicación con nuestros familiares y amigos, o atendieron a las necesidades que en cada momento nos podían surgir.

Y junto a todos ellos, la Dirección de la Residencia y la Comunidad de las Misioneras de María Inmaculada, que día a día, generosamente y sin medir los esfuerzos físicos, económicos y emocionales, han hecho posible lo que parecía imposible.

¿No os parece maravilloso este Almendro de la Atalaya que se mantuvo de pie durante el invierno, sosteniendo nuestra esperanza con su cercanía y cuidado?

No queremos olvidar, en nuestro reconocimiento agradecido, a aquellos que desde fuera de la Residencia nos han prestado su servicio y ayuda, como son los transportistas, repartidores de suministros básicos, tenderos y cajeros de tiendas de necesidades primarias y de alimentación, el personal del orden público y de las administraciones locales. Juntos, sin alharacas, nos despertaban a la escucha del dolor humano y a la solidaridad…

Este Almendro de esperanza brotó silenciosa, pero eficazmente, en todos los hospitales, clínicas y residencias de mayores. Sin ruido, nos ofrecieron con sus gestos y entrega generosa, incluso hasta la de la propia vida, la flor blanca de la esperanza que nos anunciaba que todo no estaba perdido, que una nueva primavera era posible; que ante el dolor y la muerte, la vida puede más. Que el ser humano es bueno, que la solidaridad existe, que el amor al desvalido puede más que el egoísmo.

Cuando comenzó el confinamiento, en la Residencia quisimos ofrecer al personal que nos atiende el gesto de un aplauso simbólico; no sabíamos cuánto iba a durar el confinamiento, pero sabíamos que durara lo que durara, todos ibais a estar junto a nosotras.

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Y la primavera fue posible

Después de largos meses de confinamiento, de dolor y de muerte, nuestros ojos, maravillados, contemplaron que la Primavera, a pesar de los fríos y heladas, había sido posible. Gracias Ricardo por ofrecernos el maravilloso paisaje de nuestro jardín. La vida puede más que la muerte. Nuestro Almendro ya está dando frutos, sus flores silenciosamente se han ido, pero el jardín se ha convertido en un extraordinario mar de flores lleno de belleza y colorido. ¡Gracias, Ricardo, por tanta belleza!

¿Qué hemos aprendido de esta experiencia?

Mediante la metáfora del almendro, Israel descubrió lo mejor que hay en el corazón de cada persona, lo que nos permite creer que una nueva primavera en la humanidad es posible, capaz de ofrecer frutos de vida, de cercanía, ternura, comprensión y compasión para quienes viven o sufren a nuestro lado.

Y nosotros, ¿hemos sentido brotar en el corazón algo nuevo después de este tiempo de este tiempo de confinamiento?

El aislamiento obligado nos ha posibilitado practicar un retiro forzoso que se ha convertido en una oportunidad para el silencio, la reflexión y la escucha profunda. La presencia del Espíritu que nos habita nos ha de ayudar a descifrar el complejo lenguaje de esta pandemia.

  • Lo primero que nos ha regalado ha sido una nueva conciencia de nuestra vulnerabilidad ante un virus invisible que ha sido capaz de paralizar el mundo entero sin discriminar ni a mayores ni a jóvenes, ni a ricos ni a pobres, hombres o mujeres, niños o niñas, poderosos o indigentes. Todos nos hemos encontrado envueltos en la misma tormenta, aunque, sin duda, en barcos diferentes. El coronavirus no es solo un enemigo, como dice Xavier Melloni, es un mensajero cuyo mensaje hemos de aprender a descifrar”. Hasta ahora, hemos mantenido unos modos de vivir que producen y generan muerte. La naturaleza ha hecho saltar las alarmas al traspasar los límites del respeto que le debíamos. El papa Francisco nos decía: “Hemos fallado en nuestra responsabilidad como custodios y administradores de la tierra. Basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran deterioro de nuestra casa común. La hemos contaminado, la hemos saqueado, poniendo en peligro nuestra misma vida... No hay futuro para nosotros si destruimos el ambiente que nos sostiene.”
  • El cuidado a las víctimas de la pandemia ha generado en los profesionales de la salud y en cada uno de nosotros gestos llenos de generosidad y creatividad.
  • Hemos tomado también conciencia de la importancia de las relaciones personales. Somos interdependientes, nos necesitamos unos a otros. Esto ha despertado en nosotros nuevas formas de relación. Ahora que hemos tenido que reducir el contacto físico, han surgido nuevos modos de establecer relación, entre los cuales, el teléfono y las nuevas tecnologías han sido una gran ayuda. Nuestras relaciones humanas se han vuelto más delicadas, hemos sido capaces de dejar actividades que nos ataban para tener un tiempo más disponible para la convivencia con nuestra familia y los más cercanos.
  • Hemos tomado una nueva conciencia de que el don del cuidado, del poder cuidar, es una suerte que da sentido a nuestras vidas sacando lo mejor de nosotros y que, a la vez, nos regala felicidad. Algunos han ofrecido este cuidado generosamente entregándose hasta el extremo, hasta arriesgar la propia vida. Los creyentes sabemos que Dios se despliega en nosotros a través de ese cuidado, convirtiéndonos en cercanía y manifestación de su amor y ternura para todos los hermanos.
  • El silencio, ante el misterio de la enfermedad y la muerte, nos ha llevado a una nueva experiencia de Dios, abriéndonos a la oración confiada y amorosa, capaz de abrazar en el corazón a aquellos a los que no nos podíamos acercar de otro modo. El papa Francisco contemplando la devastadora situación decía: “Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras”. Y nos ha enseñado a orar mirando a María, Salud de su Pueblo y Estrella del mar tempestuoso, para pedirle que nos enseñe a decir sí cada día y a mostrarnos disponibles generosamente ante las necesidades de los demás.
  • Solidaridad y resistencia son dos palabras que nos han acompañado y dado fuerza para permanecer en el camino. La palabra solidaridad viene de sólido. Con ella definimos aquello que permite dar consistencia y cohesión a un grupo. La solidaridad convoca lo mejor de nosotros mismos y de un grupo. Juntos hemos sido capaces de superar esta dolorosa situación, ahora nos toca abrirnos con lucidez y prudencia solidaria a la nueva normalidad sin olvidar las lecciones aprendidas. “Seamos misericordiosos con el que es más débil”, dice el papa Francisco, “sólo así reconstruiremos un mundo nuevo”. Una nueva era de solidaridad debe poner a todos los seres humanos en el mismo plano de dignidad, asumiendo cada uno su propia responsabilidad, y contribuyendo para que todos -uno mismo, los demás y las generaciones futuras- puedan prosperar.
  • Los mayores son un gran tesoro para nosotros. Al contemplar la dolorosa situación que ha rodeado en estos días la muerte, cercana o lejana, de miles de residentes en centros de mayores, se nos ha estremecido el corazón. Michael Ryan, director de emergencias de OMS, reconocía públicamente que “los mayores son las personas más sabias de nuestra sociedad, las más valiosas, y no las podemos dejar fuera de nuestras comunidades”. El papa Francisco nos ha recordado que “ellos nos dieron la fe, la tradición, el sentimiento de pertenencia a un país o a un origen” y nos pedía orar por ellos, y dar testimonio de que el Señor está cerca de ellos en este doloroso momento de su partida, que Él está presente, allí donde nosotros no podemos llegar.
  • La salida del aislamiento obligatorio nos ha permitido un nuevo reencuentro con la naturaleza, descubriendo su belleza y, en el bienestar que nos produce su contacto, experimentar que formamos parte de un todo y que somos parte de ella.
  • La Iglesia, y nosotros como cristianos, hemos tomado mayor conciencia de la misión específica que Jesús encomendó a sus seguidores: ser, con Jesús y en Jesús, sanadores para nuestro mundo, curando, aliviando el dolor, abriendo caminos a la sanación liberadora que tanto desea nuestra humanidad enferma y herida.

Un desafío: ¿Cuál es mi don personal con el que puedo servir al que es mi prójimo?

¡Ojalá que ninguno olvidemos ante el dolor humano lo que nos ha dejado de sabiduría esta dolorosa pero riquísima experiencia de humanidad y servicio!

Y, sobre todo, no nos cansemos de agradecer con todo el corazón el cuidado y la entrega generosa recibida de todos aquellos que nos han cuidado y que, como el Almendro, han mantenido nuestra esperanza anunciándonos que, a pesar de la muerte y de los hielos invernales, la Primavera volvería a ser posible.

Por Inmaculada González

 

 

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