La directora general de la Institución Teresiana, Gregoria Ruíz envió la Carta del Año 2026, Camino, Verdad y Vida donde invita a “permanecer del lado de Jesús” en los caminos que hoy hemos de recorrer. Es una llamada a “mantener viva la luz de la fe … fortalecidos con una esperanza renovada”. A soñar, porque “los sueños nos mantienen en movimiento”. Elijamos mantener viva la luz en los caminos que anden nuestros pies, calzados… o descalzos.
A veces resulta difícil comenzar otro año con una mirada renovada y optimismo cuando vemos que las realidades que se nos presentan son más de lo mismo. A escala mundial, podemos ver que no ha mejorado mucho la situación con respecto al año pasado: las guerras continúan, mientras que otros se esfuerzan por avanzar entre los frágiles términos de la paz y los acuerdos diplomáticos; muchas economías siguen atravesando dificultades y, para muchos países pobres, estas dificultades se ven agravadas por los implacables retos que plantean las catástrofes naturales y provocadas por el hombre, cada vez más devastadoras. El grito de la Tierra no ha podido ser silenciado, pero la voluntad política y la acción colectiva para actuar juntos con el fin de sanarla tardan en llegar. Tampoco podemos negar las realidades, las luchas y las dificultades dentro de nuestros propios contextos locales y en los mismos lugares donde se desarrolla nuestra vida cotidiana.
Pero, ante todo esto, la vida sigue y elegimos permanecer del lado de Jesús. Como cristianos, no podemos sino mantener viva la luz de la fe; y fortalecidos con una esperanza renovada, seguimos orando para que los conflictos en el mundo terminen pronto y la paz y la humanidad puedan prevalecer sobre todo; para que la degradación de nuestro planeta se reduzca y, donde aún sea posible, se revierta; para que las personas no se vean obligadas a abandonar a sus familias y hogares para ir a tierras foráneas con el fin de poder permitirse una vida humana y digna para ellas y sus familias; que este mundo sumido en el materialismo y la indiferencia, que engendran alienación y soledad, pueda redescubrir la alegría de la comunión y la empatía, la nobleza del servicio gratuito, la seguridad de las relaciones duraderas y el alivio liberador de una vida de desapego y sencillez; que en la oscuridad y el caos que nos rodean, sigamos confiando en la mano de Aquel que ofreció su vida para que todos nosotros «tengamos vida, y la tengamos en abundancia» (Jn 10, 10). Estos sueños nos mantienen en movimiento, poniendo en juego los talentos y energías que Dios nos ha dado para contribuir a hacer del mundo -empezando por el pequeño mundo de nuestra familia y comunidad- un lugar mejor, donde cada persona tenga un lugar, sea reconocida y escuchada, valorada y respetada.
Avanzamos… con las sandalias de los primeros creyentes.
Camino, Verdad y Vida, pp. 3-4
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Foto de Kateryna Hliznitsova en Unsplash