El 6 noviembre la Iglesia celebra a los 2.053 mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España. San Pedro Poveda encabeza la lista de multitud de personas inconfundibles que dieron el testimonio supremo del amor.
La gloria de Dios es que la humanidad viva
“La gloria de Dios está en que el hombre viva y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”, San Ireneo. El 6 de noviembre la Iglesia en España hace memoria de los mártires de la persecución religiosa. Encabezados por san Pedro Poveda, en la gran diversidad de vidas, son ‘inconfundibles’.
Todos ellos aceptaron que se les arrebatara violentamente la vida en una persecución religiosa, no por una guerra civil, aunque la persecución tuviera ese contexto. Pudieron hacerlo porque les apasionaba ‘la gloria de Dios’, vivían a disposición de este Dios que quiere que toda persona viva y le conozca, entrañablemente presente y actuante en nuestro mundo: “que el hombre viva, que la humanidad viva”.
Algunos vivían esta pasión por la gloria de Dios con una gran incidencia y, aún con los tonos de la mansedumbre, tenían gran relevancia en la sociedad, actuaban con propuestas definidas para “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras… que están en contraste con la Palabra de Dios y con su Plan de Salvación” (EN 18).
Muchos de ellos no tenían este grado de relevancia social. Eran de los “de la puerta de al lado”, con una no menor pasión por la gloria de Dios y con una fecundidad de vida al estilo de los primeros cristianos.
En la Bula de la canonización, podemos rastrear algunos de los rasgos de su ser y actuar. Así lo leemos en la de San Pedro Poveda de la que transcribimos dos párrafos:
Sacerdote prudente y audaz, abierto al diálogo, adornado de sólidas virtudes y de heroica caridad, alimentó la fe de muchos, promovió obras y colaboró diligentemente con la Acción Católica y con diversas instituciones.
Maestro de educación y de oración, pedagogo de la vida cristiana y de las relaciones entre la fe y la ciencia, trabajó estudiosamente en favor de la justicia social y la solidaridad humana.
A la memoria de esta gloria de Dios en los mártires del siglo XX, el papa Juan Pablo Il, en el Gran Jubileo del año 2000, dedicó la pequeña Basílica de San Bartolomé, en la Isla Tiberina. Canonizados o no, son santos y santas porque en su ser se muestra el Dios Santo. En esta pequeña Basílica, los mártires cristianos del siglo XX se hacen presentes, no en sepulcros o en reliquias especiales, sino con pequeños objetos suyos -desde objetos religiosos y de vida cotidiana, a cartas escritas en su cautiverio- situados sobre las mesas de los altares laterales.
Las iglesias locales son las portadoras de esta presencia en una celebración con estilo ecuménico. La Iglesia en Madrid, diócesis donde vivió y entregó Poveda la vida, depositó en esta basílica una reliquia para ser venerada junto con su breviario y la edición original de los primeros Proyectos pedagógicos, símbolos de su identidad y de la convicción de la fuerza de la educación y de la potencialidad de su propuesta a los educadores.
También la Iglesia de Madrid, en un altar en su Catedral de Santa María la Real de la Almudena, le propone a la memoria de cuantos la visitan.
Por Loreto Ballester